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Asociación cultural

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2012 - Una comunidad abierta

Siempre he vinculado la idea de que el hombre es un ser social con que, por naturaleza, sabe y desea vivir en comunidad. Sin embargo, los núcleos urbanos, sean grandes o pequeños, no reflejan muy frecuentemente esta realidad. Vivimos juntos solo en el sentido de que oímos los pasos del vecino, la radio de enfrente o al bebé del de abajo. No colaboramos, no nos conocemos, no nos escuchamos, no nos ayudamos. Esto que parece ser un hecho difícilmente refutable se ha convertido en un rasgo que consideramos normal. Normalizar lo que debería hacernos reflexionar es, a mi modo de ver, uno de los síntomas más claros del adormecimiento en el que muchos de nosotros vivimos.

Cuando uno empieza a darse cuenta de que este modelo de existencia hace aguas y precisa de un cambio potente y sincero, siente el impulso de mudarse a una ecoaldea. Ve en estos proyectos la solución para ese ombliguismo exacerbado que inunda los pueblos y ciudades. Es posible que hallemos aquí algunas respuestas, pero yo propongo otra cosa. Lo hago porque no dejo de ver en las ecoaldeas una especia de aislamiento, de “me voy de aquí porque esto no tiene remedio”. ¿Qué pasaría si lográramos crear en las ciudades comunidades abiertas que funcionaran siguiendo modelos novedosos, modelos basados en la colaboración, en el amor, en la generosidad, en la bondad?

Lo más importante de esta idea es que, si de verdad queremos crear modelos nuevos, las personas que los pongan en marcha deben haber cambiado por dentro, deben haber despertado, deben haber conectado con una consciencia basada en valores diferentes. Si no es así, se seguirán haciendo las mismas cosas, quizás con nombres diferentes. Creo firmemente que esto es así porque no faltan proyectos ni ideas que ofrecen alternativas a lo ya existente. Todos miramos hacia fuera y vemos con nitidez que algo no va bien del todo. Y entonces nos ponemos manos a la obra y emprendemos cambios en lo externo. Pienso que este no es el camino sino que lo que es preciso hacer es transformarnos a nosotros mismos y ofrecernos al mundo como seres amorosos, libres de miedos, llenos de certezas y de confianza.

En mi cabeza, una comunidad abierta ideal funcionaría como un conjunto de3 personas que ofrecen su talento o cualquier cosa que tengan y desean compartir a todas las personas que puedan estar interesadas. Cito algunos posibles ejemplos : “El próximo sábado daré una clase de tai-chi en el Parque de El retiro a partir de las 11:00”, “Me ofrezco para ayudar con los deberes de lengua y de inglés a todos los niños y jóvenes que quieran los martes de 17:00 a 19:00”, “Acabo de terminar de leer los libros tal y tal. Si los quieren los tendré conmigo en tal cafetería mañana a las 18:00”, “El próximo domingo iré con mi coche a la zona de San Lorenzo de El Escorial. Si alguien quiere aprovechar el viaje, tengo libres tres plazas. Saldré temprano9 y regresaré al oscurecer”, “Ofrezco una sala de 42m2 con espejo en toda la pared para cualquier actividad bonita el martes 15 desde las 16:00 hasta las 20:00. Hemos tenido una cancelación de última hora y me apetece que se aproveche el espacio”. Como ven, son simples ofrecimientos que no ponen condiciones para el intercambio, ni precios, ni trueques prefijados, ni nada de nada. Esto implica que el “ofrecedor” está abierto de corazón a la respuesta que el interesado en el servicio o en los bienes esté dispuesto a dar. Se abre a sentirse bien pagado con lo que el otro le dé.  Puede ser dinero, una tarda, otro servicio o lo que sea. Para vivirnos así debemos movernos en el mundo vacíos de miedo y llenos de confianza en que todo irá bien.

De este modo, esta comunidad abierta sí que se convierte en una alternativa rea l a lo que ya existe. Esta alternativa real lo es en a medida en que los patrones mentales de las personas implicadas son diametralmente distintos a los patrones preponderantes en la sociedad actual. El cambio es básicamente el paso del miedo al amor, el paso del reinado de la mente estrictamente lógica y racional al reinado del corazón . No hay otro cambio interesante que, a mi modo de ver, merezca ser contemplado.

La razón para que esto sea así es que, a poco que nos detengamos a observarlo con detenimiento, no parece muy sensato utilizar las herramientas y las estrategias comunes en los tiempos que corren para arreglar lo que percibimos como mejorable. Una propuesta realmente novedosa deberá nacer de una persona o de un grupo de personas que rompa de alguna manera con lo establecido, que se reinvente, que se reconecte con su Ser, que se despierte y que, sintiéndose libre, dé una respuesta creativa y maravillosa a las circunstancias que nos rodean y que no nos agradan. Pienso que no hacerlo así sería como parchear la realidad durante un tiempo sin presentar algo nuevo que, de verdad, suponga un cambio para los que se acerquen a experimentarlo.

Un proyecto como el que aquí propongo no parte de ninguna ideología concreta. De hecho, pienso que las ideologías muchas veces no hacen más que estorbar. Lo único que se necesita para poner en marcha cualquier tarea colectiva es que los implicados nos sin tamos unidos por una sensibilidad común. Las ideologías nos separan y la sensibilidad nos une. Lo que necesitamos ahora es unión, es corazón, es amor, es libertad. Todo esto florece de forma natural en todos aquellos seres humanos que suelten para siempre el miedo. Con núcleos de personas que se vivan así por todas las ciudades se irán abriendo espacios que, en toda le extensión de la palabra, puedan llamarse espacios humanos. Esto es porque nuestra humanidad ha de garantizarse a través de valores como la solidaridad, la compasión, la generosidad y, de nuevo, el amor.

Andamana Bautista
(abril de 2012)